Olivia

21 07 2010

Olivia

Foto: (cc) batega

Olivia era una mujer bella, sobresaliente entre sus amigas. Ella lo sabía y hacía uso de su galanura con frecuencia para obtener lo que quería. La parte de su cuerpo que ella más admiraba era su ombligo. ‘Lo tengo precioso’ se decía diariamente, aunque nadie la escuchara. Le gustaba sacarse fotos y tocarlo suavemente, porque al rozar sus diminutos vellos sentía unas cosquillas que le provocaban más que risas inocentes.

Un día recordó a un antiguo pretendiente y candidato a poeta que acostumbraba recitarle poemas al oído en su temprana juventud. No estaba segura qué le había hecho recordarlo, el tipo se había vuelto una molestia y lo creía enterrado junto a otros recuerdos hediondos a sepia y moho que juntaba en un cofre bajo la cama. A pesar de su mala memoria, ahí estaban sus palabras como talladas sobre cada neurona: “Me zambulliré en tu ombligo perfecto, porque ahí cabrá mi amor y el mundo entero”. Por primera vez, de algún modo mágico, esas palabras de seducción gratuitas le estaban haciendo sentido.

Siempre creyó que los poemas sólo servían en papel y el agotador recitar de palabras de su poeta personal eran intentos burdos de conseguir subirse literalmente sobre su ombligo. Finalmente entendió la fantasía y decidió dejarse llevar por la magia que ofrecían simples palabras, después de todo ella estaba segura que su ombligo era perfecto de verdad.

Decidida a probar suerte, hizo su primer intento partiendo por algo fácil. Tomó toda la culpa que sentía por sus errores y la puso en su ombligo. Sorprendida, se dio cuenta que sintió rápido alivio a ese dolor de cabeza que algunos llamaban conciencia. Entusiasmada por el resultado, se concentró, tomó todo el tiempo que sentía había perdido amando a hombres equivocados y los introdujo en su ombligo. Pensó en ellos y suspiró al percatarse que ahora ya no los podía recordar. Sus amantes eran sólo sombras deformes en el muro de una memoria lejana. Le vino una risa incontenible, su antiguo poeta siempre había tenido razón ¿Cómo es que se llamaba? se dijo.

Observó alegre su ombligo, pues ahora había probado que esa perforación de nacimiento que yacía en su liso abdomen era en realidad la perfección brillante de su futuro. Ahora no podía dejar de admirarlo y orgullosa volvió a fotografiarlo varias veces.

Llena de una incontenible emoción, se mordió el labio pensativa. Luego, determinada a finalizar con la incertidumbre, se concentró en insertar en él todo el amor y el mundo que su poeta le había ofrecido años atrás. Era lo único que faltaba para terminar su ritual de perfección. Tomó aire y al primer intento cayó profundamente dormida.

Al despertar notó que había logrado su cometido, pero esta vez no le dio alegría ni felicidad, de hecho no sintió nada. Observó y acarició su ombligo perfecto y sólo vio el vacío. Era un orificio perfecto, redondo, profundo, suave en sus formas, pero sobretodo era un simple agujero vacío. Estaba relleno de ella misma. Satisfecha, pensó en su poeta ¿Cómo es que se llamaba? se preguntó.

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