El Imbatible

2 11 2009

El Imbatible

Foto: (cc) quinn.anya

Eran la 1 de la tarde y hacía un calor infernal. Con su mejor pinta y una impecable sonrisa forzada el “Imbatible”, como lo llamaban en el trabajo, les daba la bienvenida a los nuevos interesados en comprar la casa. El anterior vendedor no pudo lograr la venta en 5 ocasiones y por desesperación del dueño, se le había asignado la venta al Imbatible. Ya los había convencido bastante con una excelente descripción telefónica y algunas fotos estratégicas sacadas con un gran angular. Pero faltaba la visita en terreno. Este escollo era conocido en el ambiente de las corredoras como “El Averno”, pues en muchos casos la mejor pintura era incapaz de esconder las peores falencias de un hogar en venta.

Hasta los mejores vendedores temían a esta etapa, sobretodo el casas emblemáticas como esta. Esta vez no era la excepción y aunque la casa se encontraba en excelente estado, era reconocida fácilmente por la gente por el suicidio de toda la familia. El caso había hecho noticia no sólo por la masiva autodestrucción, si no porque los cuerpos fueron encontrados muchos días después de muertos y porque nunca fue encontrado el cuerpo del más pequeño. Un bebé de a penas 3 años que permanecía desaparecido, aunque se presumía igualmente muerto. Los forenses habían cavado el patio por días en una infructuosa búsqueda  de alguna fosa. Pero nada. Aun se podía oler algo de la podredumbre de la carne humana. Y aunque los anteriores vendedores bañaban la casa con desodorantes ambientales e inciensos aromáticos, por alguna razón era un aroma imposible de encubrir.

Sus colegas le habían recomendado que la tratara de vender en invierno y ojalá en un día lluvioso para que el hedor se aminorara con la humedad y frio ambiental. Pero el Imbatible no se había ganado su prestigio por seguir las recomendaciones de sus compañeros de trabajo y por otro lado tener que esperar tantos meses para vender una casa, estaba completamente fuera de discusión. Siempre se decía a si mismo «Convierte cada dificultad en una oportunidad» y esa premisa era su gran guía.

La fama del Imbatible había comenzado hace unos años cuando logró vender un departamento quemado del centro de la ciudad, prácticamente sin hacerle más modificaciones que colocar una puerta nueva de acceso. Un departamento completamente destruido por un incendio provocado por las precarias instalaciones de gas del edificio. Aún así, el Imbatible  se las había ingeniado para presentarle a un incauto ciudadano alguna bondad perdida que sólo él había podido ver en un departamento pequeño de muros negros y cortinas achurrascadas. Lo más increíble fue que la venta se hizo a precio de mercado. En un comienzo lo llamaron “El Comisionado” por ganarse con justicia la gran mayoría de las comisiones de venta, pero su fama de vendedor estrella era más grande que el dinero que lograba ganar, lo que finalmente llevó a un cambio de seudónimo. No había venta que no lograra y con el tiempo esto se convirtió en un record imbatible en el difícil negocio de las bienes raíces, sobretodo en tiempos de crisis económica.

El Imbatible no era alguien que juzgara a sus clientes. Para él simplemente eran personas con una necesidad habitacional, aunque a veces ellos mismos no supieran reconocer sus propias necesidades. Esta era una familia aparentemente normal. El marido lucía una camisita recién planchada dentro del pantalón, chequera en el bolsillo trasero y movía constantemente las llaves del auto como un estúpido acto reflejo para mostrar el llavero con el logo de Mercedes Benz. La señora se notaba algo sumisa, pues había entrado tras su marido y no emitió más opinión que un agradable comentario al color de la cocina. La hija mascaba incesantemente un chicle y miraba todo buscando su futura habitación. Al entrar en la casa todos pudieron notar un aroma extraño, algo fuerte, un olor que parecía que dominaba todo el primer piso de la casa. Rápidamente el Imbatible corrió hacia el ventanal que daba al patio trasero y se apresuró en cerrarlo.

—Disculpen el olor. Los vecinos están haciendo un asado y ayer el ventanal quedó abierto. Parece que se coló todo el olor a carbón y carne.
—No te preocupes, —dijo el marido —el olor a asado debe ser uno de los más ricos que puedas oler. Ya me dio hambre, así que mijita cuando lleguemos a la casa se prepara unas carnecitas también, ja ja ja.
—Si mi amor.

Recorrieron el primer piso de la casa y quedaron impresionados con el tamaño y holgura de cada habitación. El enorme jardín se expandía por varios metros hasta llegar a una piscina con un pequeño tobogán. El Imbatible invitó a la madre e hija a que conocieran el prado y vieran de cerca todas sus bondades. Los dos se quedaron mirando como la mujer y la niña corrían por el pasto y admiraban las flores y plantas de un jardín diseñado para reyes.

—¿Y qué le ha parecido hasta ahora? —le preguntó al marido.
—Si bonita, pero no lo sé aun. Nos falta ver un par de casas hoy. —respondió algo dubitativo.
—Claro, claro. Hay que comparar para poder estar seguro. Después de todo es una inversión grande. Probablemente la más importante de una familia. Es lo que hablábamos con el caballero que vino ayer, le encantó la casa y ya tiene listo el crédito. Ahora en la tarde viene con su señora y quiere darle la sorpresa.
—….
—¿Usted es periodista, no? —preguntó.
—Si. Escribo para el área económica de un diario. ¿Por?
—Porque entonces si le gusta escribir y leer, le va a encantar el estudio que hay en el segundo piso. Es amplio, soleado, privado y hasta tiene su propio baño. ¿Subamos?
—Lo sigo.

Ambos subieron las escaleras del mejor raulí pulido y se adentraron en una amplia habitación bien iluminada.

—Aquí tenía su librero el antiguo dueño. ¿Ve? Aun se notan algunas marcas de los estantes. Dicen que tenía como cinco mil ejemplares. Yo la verdad es que de libros sé muy poco, pero parece que tenía una colección bastante costosa.
—No me diga. —dijo el marido con un cierto tono de despreocupación.
—Bueno y desde la ventana tiene una hermosa vista a su jardín. Asómese y salude a su hija que seguro aun corretea por el pasto.

Algo desganado el marido aceptó la sugerencia del vendedor y se asomó por la ventana. Dio un vistazo general al verde panorama y sonrió al ver efectivamente a su hija tratando de atrapar una mariposa entre los lilium que recién florecian. Abrió la boca para decirle algo a la niña pero se detuvo en seco y sólo emitió un casi imperceptible quejido bucal. Atinó inconscientemente a sólo taparse la boca, como queriendo atajar ese pequeño ruido en el aire. Quedó ahí paralizado, como atrapado en un tiempo eterno. Los ojos se le agrandaron como dos pelotas de golf y casi desorbitados saltaron de su cabeza para tratar de comprender lo que estaba frente a él. Parecía petrificado y prácticamente dejó de parpadear, incluso al Imbatible le pareció que ni si quiera respiraba. Había encontrado algo, algo sorprendente, algo que le quitó el habla, la respiración y probablemente el alma.

Después de algunos segundos que parecieron horas, el marido giró su vista y miró al vendedor. Luego nuevamente miró hacia afuera como tratando de cerciorarse que lo que estaba viendo era real y no parte de una invención de su mente perversa. Volvió a girarse y esta vez, aunque sin emitir sonido, hizo un gesto con la mano para que el Imbatible se acercara y comprobara que otro ser humano era testigo del mismo espectáculo que él presenciaba. El vendedor se acercó a la ventana y ambos se arrodillaron semi escondidos para observar desde la distancia lo que sucedía bajo sus ojos.

Desde el estudio era perfectamente visible no solo el jardín de la casa, si no que también se tenía una visión amplia del patio de la casa colindante. Sobre el prado y cerca de la parrilla desde donde habían sentido el olor al entrar, una guapísima joven en topless, disfrutaba acostada dando la espalda al abundante sol sobre una toalla. Tenía la piel deliciosamente bronceada y brillaba encandilantemente por las millones de gotas de sudor que se arrastraban por ese terso cuerpo perfecto. Junto a ella otra mujer, igualmente bella aplicaba lentamente abundante bronceador sobre la espalda de la primera niña. Sus movimientos eran suaves, largos y a la vez firmes e impetuosos. Deslizaba una y otra vez sus dedos lentamente, recorriendo toda su extensión dorsal. Como tentando a una suerte inequívoca, cruzó la línea del pudor y atrevídamente posó sus delicadas yemas sobre los abultados glúteos de su amiga. Al darse cuenta que la aceptación era mutua, continuó con su osado masaje más allá de donde había experimentado jamás.

—Es la vecina otra vez —susurró el vendedor.
—¿Otra vez? —dijo murmurando el marido.
—Si, es que ayer también estaba. Aunque con otra niña. Una negra.

Los dos hombres en la ventana se miraron mutuamente y no fueron capaces de emitir más sonidos. Una sonrisa pícara resumió claramente lo que ambos pensaban y rápidamente siguieron admirando el show que se presentaba en la casa de al lado.

Sin medir recato, la primera joven se deslizó y quitó lo que quedaba de su traje de baño para eliminar todo impedimento al hermoso proceso que llevaban a cabo. Ellas cruzaron miradas diabólicas y sin usar más palabras que sus brillantes sonrisas se fundieron en un beso que parecía contenido por centurias. Pronto ambas estaban desnudas y cambiaban la protección de rayos ultravioletas por un baile de besos y caricias que deseaban que no terminaran nunca. Sin saber ya cual era cual, una de ellas detiene el vibrante viaje erótico y desciende lentamente hasta alcanzar la pelvis de su acompañante. La otra mujer comienza a acariciar el alborotado cabello de su amiga y curvando completamente su espalda se deja seducir por una lengua trepidante y unos labios llenos de juegos de vida.

—¿Qué están mirando papi? ¿Esta va a ser mi pieza?

Los dos hombres asustados, que se encontraban en cuclillas, se pusieron de pie tan rápidamente como resistieron sus rodillas. Y miraron a la mujer y su hija que desde la puerta observaban extrañadas la manera en que los habían encontrado.

—No hija preciosa. —le dijo el padre con su mejor sonrisa fingida. —Esta va a ser la oficina del papá y cuando esté trabajando aquí vas a tener prohibido subir.
—Entonces ¿La vas a comprar mi amor? —le dijo la señora entusiasmada.
—Si, de hecho ya estábamos viendo con el joven aquí el tema de la promesa de compra. —diciendo esto miró al vendedor y le cerró un ojo en señal de aprobación.

Firmados ya los papeles, el Imbatible observó desde la vereda como la familia se subía a su auto de lujo. Haciendo un gesto con la mano se despidió de ellos mientras miraba el auto alejarse con los futuros dueños de la casa. Sabiéndose triunfador caminó unos metros y tocó el timbre de la casa vecina. Al abrirse la puerta salieron las dos jóvenes que había estado observando desde la ventana minutos antes, pero perfectamente vestidas.

—Valerie, Joselyn, realmente se pasaron. —les dijo el Imbatible mirándolas con evidente veneración. —Gracias chiquillas, aquí tienen las cincuenta lucas que les prometí.
—De nada poh —dijeron casi al unísono.
—¿Los abuelitos quedaron bien? —les preguntó él.
—Si, no te preocupí. No quisieron mirar, pero estaban dispuestos a cualquier cosa con tal que se vendiera la casa de los vecinos muertos.
—Y ¿Cuándo vai a ir de nuevo al local? —le dijo la otra.
—Pronto Valerie, pronto. Tu sabes que siempre voy a celebrar las ventas con ustedes. Muchas gracias de nuevo —les dijo finalmente despidiéndose de ambas con un beso en la boca.

El Imbatible ingresó a la casa y saludó a la pareja de ancianos que estaban encerrados en la cocina a la espera que el show terminara.

—¿Y? —dijo ella.
—Casa vendida señora Angélica. —les dijo el vendedor agitando la promesa de compra firmada. —Muchas gracias por prestarme su casa para lograrlo.
—Nada que agradecer mijito. Es a usted al que debemos agradecer por todo lo que hizo. Aunque no aprobamos sus métodos, debo admitir que fueron efectivos. Que Dios y la Virgencita del Cielo lo bendigan y le den toda la felicidad que se merece.
—No es para tanto, sólo hago mi trabajo —dijo él algo avergonzado.
—Aquí tiene los cien mil pesos, tal como se lo prometimos. —dijo el abuelito.
—Muchas gracias nuevamente. Ahora tengo que irme, pero acuérdese que el asado ahora es todo suyo, así que celebren con ganas.

El vendedor salió de la casa y con un rostro lleno de risa guardó los billetes en el bolsillo de la camisa. Volvió a la primera casa y cambió el letrero de la ventana por uno que decía «VENDIDA». Al cerrar la casa se miró en el reflejo de uno de los vidrios y se dijo a si mismo unas pocas palabras de autoadmiración.

—Realmente creo que nací para esto.

© JGL

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3 responses

9 11 2009
paula

:O

9 11 2009
admiradora

jajajajajja Ta güenooooo. Quedé intrigada eso si con el niñito de 3 años, espero el próximo capítulo. En todo caso esto sólo podía salir de la cabeza de un varón.

9 11 2009
Leon Phelps

mmm.

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